No es la primera vez que me adentro en los pasadizos
secretos de El Corte Inglés, y espero que no sea la última.
La vida del estudiante, como todos ya sabemos, es muy dura…
Eso de tener tres horas de clase diarias es muy estresante. Si a eso le sumamos
las horas en la cafetería y las cañas tiradas de precio, las fiestas
universitarias y los planes de última hora vemos que nuestro bolsillo se
desgasta poco a poco. Y yo, por muy Chincheta Dorada que sea me tengo que ganar
un dinerillo extra como todo hijo de vecino.
La satisfacción de poder irme de viaje, o de compras sin
tener que mirar lo que gasto es una sensación inigualable. Solamente comparable
a lo que se siente cuando te tomas tu helado favorito, te ríes hasta que se te
salen las lágrimas, duermes hasta que te duele el cuerpo o ves un amanecer.
Comenzaré desde el principio.
Esta vez trabajo para la firma de cosméticos Lancôme, de
sobra conocida por todos. Y mi labor es básicamente reclutar a señoras con
semblante de compradoras compulsivas, o adictas a los cosméticos; o aburridas
adineradas; para que se hagan un tratamiento de belleza con el nuevo sérum que
dura siete minutos; y después intentar encasquetarles los productos utilizados.
Mi experiencia, grata en algunos momentos; y
desilusionante/desesperante en otros tantos no tiene ningún tipo de
desperdicio…